
El desierto es un lugar hermoso pero también peligroso. Sus dunas, sus extensas arenas… Pero lo que llama y atrae a los aventureros es, sin lugar a duda, sus leyendas y secretos.
Muchas vidas se han cobrado las arenas de Svadis, almas desdichadas que por desconocimiento o mal sino, acabaron su ciclo vital bajo el sol abrasador, sin agua o comida, sin sustento o compañía. Así se encontraba nuestro protagonista, Nael llevaba varios días andando entre el mar de dunas, con el odre prácticamente vacío y manos temblorosas apuraba las últimas gotas de agua entre sus labios cuarteados y resecos por el viaje.
Sabía que no le quedaba mucho tiempo, el tono anaranjado y el sol ya bastante bajo alargando su sombra a un lado de sus pasos le indicaban que estaba apunto de anochecer pero eso, lejos de aliviar su pesar o alimentar la esperanza, sólo confirmaba su sentencia de muerte. Igual que el sol no daba tregua y calentaba en exceso los días, la luna al contrario, reinaba en el desierto unas noches realmente frías y despiadadas.

Le fallaron las fuerzas, su pie se hundió en la arena y acabó hincando una rodilla, doblegado por la desazón. Alzó los brazos al cielo, en una plegaria desesperada.
—¡Oh misericordiosa Uria! Si es tu voluntad acogerme esta noche, haz que mi partida sea rápida y la sed no me lleve hasta la locura—.
Sus palabras fueron arrastradas por el leve viento, la inexistente respuesta sólo confirmaba una cruel realidad, estaba solo, como tantos otros antes en su misma situación. Apretó los dientes y con las pocas fuerzas que le quedaban, se alzó una vez más para continuar andando, si existía la más mínima esperanza para él y aquellas que esperaban su regreso, trataría de encontrarla.
El sol bajó más y más hasta que las primeras estrellas despuntaron en el cielo pero algo llamó su atención en el horizonte, entre las propias arenas, un brillo iridiscente y titilante pero muy similar a las propias estrellas que ahora le saludaban desde lo alto. Sacudió la cabeza, trató de centrarse creyendo que sería un espejismo más, fruto de su deplorable estado pero no, aquel brillo lejos de desaparecer, se acentuó con la llegada del ocaso y los últimos rayos de sol.

Se ajustó mejor el turbante sobre la cara y apretó el paso para intentar alcanzar aquel lugar bajando la enorme duna en la que se encontraba hasta una zona más llana que, poco a poco, fue mostrando ante sus ojos una enorme extensión de roca oscura e irregular entre la propia arena, como si bajo ésta se encontrase una montaña como las que habían dejado atrás tanto él, como su caravana, meses antes. Sin embargo, no fue la roca lo que llamó la atención de Nael, en los salientes y oquedades, unas extrañas flores eran las culpables de los destellos que había visto un rato antes. La vegetación parecía abrirse paso allí pero jamás había visto algo parecido a esas flores cuyos tallos eran muy robustos, de un color dorado hermoso y sus pétalos fulgían con la luz como una verdadera estrella.
Se frotó los ojos creyendo que la propia Uria, la diosa de la buena muerte, estaba jugando con él pero la hermosa visión no desapareció, siguió ante el daonna como señal de que su camino aún no estaba por concluir. Las estrellas fueron ganando terreno, mostrándose sobre su cabeza en todo su esplendor ante la ausencia de la luna.
—Amaa vasya—.Susurró para sí mismo en su idioma natal al ver que la noche había caído del todo y, que sólo el brillo de las estrellas y el de aquellas extrañas flores lo acompañaban.

Era una noche de luna nueva, no había cielo más hermoso en el desierto que ese. Avanzó un poco más, evitando en lo posible pisar aquel regalo que se presentaba a sus ojos y poco a poco, el terreno se volvió más firme hasta que su propio caminar quedó sobre la roca viva. No muy lejos, un pronunciado desnivel y el conocido sonido del agua llegó a sus oídos como la mejor noticia que hubiese escuchado en su corta pero intensa vida. Una cascada proveniente de un curso de agua subterráneo caía varios metros hasta llenar lo que parecía ser un frondoso oasis, la esperanza de una posible vida más allá del exilio y la escasez.
Fue tal la impresión de aquella imagen en Nael que cuando quiso darse cuenta, su rostro estaba bañado por las lágrimas y éstas caían a sus pies, regando las flores que tenía frente a él. Se inclinó para coger con respeto una de ellas.
—Yria nos ofrece una nueva vida. ¿Quién soy yo para rechazar semejante regalo? Mi familia comenzará de nuevo—.
